martes, 27 de mayo de 2014

La Gruta de la Natividad incendiada.

¿Pedían un signo? – LA GRUTA DE LA NATIVIDAD SE PRENDE FUEGO TRAS LA VISITA BERGOGLIANA

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Una lámpara de aceite provocó, este martes, un incendio que quemó las cortinas en las paredes de la gruta, el lugar donde según la tradición cristiana nació Jesús, dijo Abdel Fatah Hamayel.

lunes, 19 de mayo de 2014

El asesinato del Padre Carlos Mugica.

El Padre Mugica y un doble relato




1. Un hombre, dos relatos
Se han cumplido cuarenta años del asesinato del Padre Carlos Mugica, el reconocido “cura villero” o “cura de los pobres” como suelen denominarlo sus panegiristas. El aniversario ha dado ocasión a una desmesurada exaltación de su figura: grandes homenajes civiles y eclesiásticos, derroche de elogios y ditirambos y hasta una de esas modernas gigantografías, que recoge su ascético rostro, insertada en el corazón del paisaje urbano.
El Gobierno y la Jerarquía Católica, que no suelen andar muy juntas, esta vez han aunado sus afanes en pro de exaltar la memoria del sacerdote. Es que, curiosamente, Mugica les pertenece en la medida en que ambos, Gobierno y Jerarquía, lo han integrado, cada uno a su modo y con muy diversa gravedad, como veremos, a sus respectivos “relatos”.
Para el Gobierno, en efecto, Mugica es una figura emblemática de ese “setentismo” ominoso y sangriento, metamorfoseado en epopeya, del que ha hecho la columna vertebral de su radical impostura. Es que en esa imaginaria “lucha de liberación” librada por aquella “juventud maravillosa” encuadrada en las “organizaciones combatientes”, en esa falsa épica revolucionaria que reivindica como su pasado glorioso, el relato exige la presencia de un ingrediente “cristiano”. Se podrá preguntar por qué. Porque en ese setentismo real, no el ficticio, y por razones que enseguida examinaremos, una nada despreciable cantidad de católicos (obispos, sacerdotes, religiosas y laicos) dieron su decisiva contribución a ese gran baño de sangre que nos sumió en el dolor y la muerte. Mugica es, en este sentido, el rostro más reconocido (no el único ni, tal vez, al que le quepan las máximas responsabilidades); y esta es la razón del homenaje que hoy le brinda un Gobierno que ha pisoteado hasta el hartazgo la ley de Dios y los derechos de Jesucristo y al que hoy, la emblemática figura del cura villero vuelve a servir de ariete en su renovado odio contra la Iglesia.
En cuanto a la Jerarquía Católica, la exaltación no ha sido menor. El Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, al inaugurar la última Asamblea Plenaria de ese organismo, nada menos que en la homilía de la misa de apertura, tuvo un recuerdo especial de Mugica cuya muerte, dijo, “está en la memoria de la Iglesia”. El Cardenal Primado, por su parte, no fue a la zaga: calificó a Mugica de mártir de los pobres; la palabra mártir es muy especial y adquiere un sentido muy hondo y sugestivo en labios de un sucesor de los Apóstoles. El relato eclesiástico ha insistido, pues, en presentar a Mugica como un sacerdote fiel a Cristo que en comunión con la Iglesia y el Concilio Vaticano II dio su vida por los pobres: todo un modelo de sacerdote.
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Dos relatos, pues, y un mismo protagonista.
2. Un relato que no se sostiene
Pero si a esta altura de los hechos en Argentina, el relato del Gobierno ya ha sido ampliamente rebatido y sólo subsiste en los que de él viven (o en los obcecados pese a toda evidencia) no pasa lo mismo con el relato eclesiástico. Si bien mucho se ha escrito acerca del fenómeno, ya mencionado, del gravísimo compromiso de amplios sectores católicos con el marxismo revolucionario de los años setenta, todavía no se ha hecho una evaluación profunda de su significado; y nos referimos, fundamentalmente, de su significado a la luz de la Fe. Porque lo que ocurrió entonces en la Iglesia fue, por sobre todas las cosas, algo que afectó de manera esencial la Fe. Esta tarea está pendiente y lo seguirá estando mientras la Jerarquía Católica persista inexplicablemente en ignorar el problema o, lo que es peor, en exaltar sus consecuencias presentándolas como frutos evangélicos.
Pero la verdad es bien distinta de este relato imbuido de fuertes acentos de piedad popular y de compromiso evangélico. Mugica fue uno de los tantos frutos de muerte de la herejía progresista, modernista y tercermundista que desgarró, y aún desgarra, a la Iglesia. En aquella época de imaginarias primaveras conciliares, se deslizaron por las venas de la Iglesia toda suerte de errores y de extravíos. La Teología de la Liberación, típico producto “teológico” europeo trasladado a nuestra América por los misioneros del nuevo credo, dio el clima ideológico en el que pulularon las más extrañas aventuras eclesiásticas, entre ellas, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo del que Carlos Mugica fue mentor y lider entre nosotros.
Aquel movimiento implicaba, en esencia, una grave adulteración del Evangelio de Cristo, de la naturaleza y de la misión del sacerdocio católico al tiempo que consumaba una radical ruptura con el Magisterio de la Iglesia. Para aquellos clérigos tercermundistas (y cuantos con ellos avanzaron por el mismo camino) la misión del sacerdote católico dejó de estar enraizada en el misterio salvador de Jesucristo para fundarse en una praxis social liberadora. La pastoral no tenía ya como objetivo que los hombres lograren la vida de la gracia y de la unión plena con Dios sino llevar a los pobres a la toma de conciencia de clase explotada y a poner en marcha, desde sí mismos y para sí mismos, el proceso revolucionario que los liberaría de las estructuras capitalistas y burguesas concebidas como estructuras de pecado. Este proceso revolucionario hacía del socialismo marxista -entonces considerado ineluctable- su herramienta principal: el socialismo vino a ser así la encarnación del Evangelio, su expresión histórica y, por ende, el compromiso ineludible de una Iglesia que debía para ello, necesariamente, romper con todo cuanto había dicho, predicado y enseñado. El Concilio Vaticano II, recientemente concluido, era apreciado como la voz de orden de ese cambio y los sacerdotes, y católicos en general, que así pensaban se sintieron la vanguardia profética de esa Iglesia nueva, para un mundo nuevo y por un hombre nuevo.
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Hubo más. Puesto que la praxis revolucionaria era, ahora, inseparable de la pastoral, antes bien, se identificaba con ella, se planteaba el problema del método de dicha praxis. ¿Era la lucha armada, asumida por aquel entonces en Argentina e Hispanoamérica por el castrocomunismo y sus variantes, un camino lícito para los cristianos? No todos respondieron afirmativamente a esta pregunta pero la inmensa mayoría de los sacerdotes dio inequívocamente su absoluta conformidad. De este modo, no sólo algunos sacerdotes tomaron las armas sino, lo que fue más grave, arrastraron a centenares de jóvenes católicos a la aventura de la guerrilla. En ella, no pocos, mataron y murieron; pero no por Cristo y su Evangelio sino por la falsa utopía revolucionaria bajo la inspiración de Marx, de Castro y de Ernesto Guevara. Esta es la verdad, la que los hombres de mi generación hemos visto y vivido de modo directo. No hay otra.
3. Algunos testimonios
Carlos Mugica ¿representó todo lo que acabamos de reseñar? Una lectura objetiva de sus textos nos permite advertir que, gracias a Dios, nunca perdió totalmente de vista el sentido sobrenatural del sacerdocio. Sabía, y lo decía, que la misión del sacerdote es llevar al hombre al pleno desarrollo de lo que hay en él de divino. Pero enseguida, caía en un reduccionismo que lo hacía retroceder. “Para Cristo -escribía en Peronismo y Cristianismo- cada hombre es imagen y semejanza de Dios, por lo tanto, ofender a un hombre es ofender a Dios. Y el rol del que es ministro de Cristo es asumir la defensa del hombre, y sobre todo del pobre, del oprimido. Hay gente que dice: Ah, ustedes los sacerdotes, tanto hablar ahora de los pobres, ¿por qué no se ocupan de los ricos?Creo que sí, el sacerdote tiene el deber de ocuparse de los ricos. Su misión frente a los ricos es interpelarlos. Lo que pasa es que los ricos no quieren que uno se ocupe de ellos. Porque mi misión como sacerdote es denunciarlos. Yo tendría un problema de conciencia si no le hiciera ver al rico que si no cambia de vida, debe poner sus bienes al servicio de la comunidad” (Cristianismo y Peronismo, Buenos Aires, 1973. Fuente: http://www.elortiba.org/pdf/Carlos_Mugica-PeronismoyCristianismo.pdf). Claro está que esta oposición dialéctica entre ricos y pobres de pecunia es radicalmente falaz pues presupone que el pobre es inmaculadamente bueno y el rico perdidamente malo: el corazón del hombre es mucho más profundo y el drama del pecado mucho más abisal que estas superficialidades sociológicas.
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Más adelante, en el mismo libro, su opción por el socialismo quedaba netamente expresada: “Por eso, como movimiento, los Sacerdotes del Tercer Mundo propugnamos el socialismo en la Argentina como único sistema en el cual se pueden dar relaciones de fraternidad entre los hombres. Que cesen las relaciones de dominación para que haya relaciones de fraternidad. Un socialismo que responda a nuestras auténticas tradiciones argentinas, que sea cristiano, un socialismo con rostro humano, que respete la libertad del hombre (ibidem)”.
Su confusión, empero, llegaba a la cima cuando, sin más, asimilaba el Evangelio a las ideologías materialistas y ateas del marxismo: “Yo me opongo violentamente a todos los que pretenden reducir a Cristo al papel de un guerrillero, de un reformador social. Jesucristo es mucho más ambicioso. No pretende crear una sociedad nueva, pretende crear un hombre nuevo y la categoría de hombre nuevo que asume el Che, sobre todo en su trabajo El Socialismo y el Hombre, es una categoría netamente cristiana que San Pablo usa mucho (ibidem)”.
Su ubicación frente a la lucha armada fue ambigua: “Ahora lo que sucede es esto: en concreto encontramos en América Latina -incluso en nuestro país- una situación de violencia institucionalizada. Es la violencia del hambre. Como dice Helder Cámara «El generar hambre mata cada día más hombres que cualquier guerra». Es decir que existe la violencia del sistema, el desorden establecido. Frente a este desorden establecido yo, cristiano, tomo conciencia de que algo hay que hacer y me encuentro entre dos alternativas igualmente válidas: la de la no violencia en la línea de Luther King o la de la violencia en la línea del Che Guevara; hablando en cristiano la violencia en la línea de Camilo Torres. Y pienso que las dos opciones son legítimas” (Entrevista al Padre Mugica. Fuente: Revista 7 Días, Junio de 1972).
No es cuestión de multiplicar los textos que, por otra parte, cualquiera puede leer sin limitación alguna. Pero es evidente que Carlos Mugica sucumbió a casi todos los errores de una herejía, de cuño modernista y progresista que, en el fondo, no fue ni es otra cosa que una grave adulteración del Evangelio y de la Fe. ¿Cómo es posible poner en la misma línea del hombre nuevo paulino, el hombre cristiano redimido por Cristo, la utopía marxista, signada ab instrinseco por el ateísmo más radical? ¿Qué falló aquí? Pues no otra cosa que la entera teología. Sus errores respecto del orden político social, su concreta opción por el socialismo, antes que una equivocada opción política constituyeron una contradicción expresa del Magisterio de la Iglesia. Sí, el Vaticano II no condenó al comunismo pero tampoco levantó las condenas que pesaban sobre él. Pese a todo, cuando Mugica optaba por el socialismo, seguía vigente, por ejemplo, el Decreto de la Suprema Congregación del Santo Oficio, del 1 de junio de 1949, confirmado después por el Dubium del 4 de abril de 1959 que prohibía expresamente a todos los católicos la colaboración en cualquier terreno con el comunismo y consideraba a quienes violaban esta prohibición “apóstatas de la fe” incursos en “excomunión reservada de modo especial a la Sede Apostólica”. También regía plenamente la condena sin matices del Papa Pío XI en Divini Redemptoris, documento donde no sólo, ni principalmente, se declara al comunismo “intrínsecamente malo” (su afirmación más difundida) sino en el que se pone de manifiesto su carácter radical de falsa promesa redentora opuesta a la verdadera Promesa de Cristo, es decir, la promesa del hombre que se endiosa levantada en guerra inconciliable contra la Promesa de Dios hecho hombre. ¿Dónde está la proclamada fidelidad de Mugica al Magisterio de la Iglesia?
Pero hubo algo más inmediato y próximo. La creciente actividad del llamado Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundoprovocó una intervención directa del Episcopado Argentino de aquella época. En su Declaración del 12 de agoto de 1970, decían los Obispos, aludiendo directamente a una reciente declaración de sacerdotes tercermundistas): “«Adherir a un proceso revolucionario [...] haciendo opción por un socialismo latinoamericano que implique necesariamente la socialización de los medios de producción del poder económico y político y de la cultura» (Declaración del tercer encuentro del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Santa Fe, 2 de mayo de 1970), no corresponde ni es lícito a ningún grupo de sacerdotes ni por su carácter sacerdotal, ni por la doctrina social de la Iglesia a la cual se opone, ni por el carácter de revolución social que implica la aceptación de la violencia como medio para lograr cuanto antes la liberación de los oprimidos”. Unos párrafos más arriba, los Obispos exhortaban: “Lo que buscamos y queremos ahora es la reflexión seria y obligada de conocer bien y respetar la verdad de la Iglesia, en puntos básicos claramente enseñada por ella, para rectificar rumbos, deponer actitudes y, si es necesario, para hacer penitencia, que significa cambiar de mentalidad, a fin de pensar como piensa la Iglesia, con ella y en ella, cooperando a sí a su obra de salvación”.
Los tercermundistas respondieron a este llamado episcopal con un extenso Documento en el que consideraban el texto de los obispos “insuficiente, intemporal y parcial”, lo ponían en contradicción con otros textos (la famosa Declaración de Medellín, especialmente) por lo que se veían obligados no sólo a “integrar” sino a tomar “opciones pastorales” (en detrimento de la obediencia, desde luego, a sus obispos ordinarios) para terminar con unas abstrusas elucubraciones pseudo eclesiológicas a la luz de un difuso “espíritu del Concilio”. No tenemos noticias de que, tras la advertencia de los Obispos, el Padre Mugica haya abandonado el tercermundismo. Otra vez la pregunta: ¿dónde está la fidelidad al Magisterio legítimo de la Iglesia?
4. Otras voces católicas en aquellos años
En aquella convulsionada Iglesia de los años setenta no era, por cierto, la voz de Mugica y la de sus conmilitones del tercermundismo vernáculo la única que se oía. Hubo otras, y de signo opuesto, que hablaron muy claro y que hoy se pretende sumir en el olvido. Gracias a Dios, el catolicismo argentino tuvo siempre maestros esclarecidos. ¿Cómo no recordar, entre tantos otros, al Padre Julio Meinvielle, maestro de la Fe y pastor bueno que se ocupó tanto y tan en silencio de los pobres gastando en su socorro y promoción humana su propia fortuna personal familiar; ese inolvidable Padre Julio, que nunca trajinó villas porque fundó barriadas dignas, a quien tantas veces sorprendíamos durmiendo en el suelo porque había regalado hasta su cama a algún pobre? Meinvielle, que murió apenas unos meses antes que Mugica (en agosto de 1973), había denunciado con lucidez y valentía los errores deletéreos del comunismo y se había levantado contra las apresuradas exégesis del Concilio reivindicando siempre la continuidad del Magisterio.
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Pero aparte de Meinvielle nos interesa destacar a dos grandes figuras laicales que, en aquellos años, ejercieron un fundamental papel en la formación de juventudes católicas: Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri. Genta y Sacheri eran distintos: distintas historias de vida, ambientes distintos, tonos distintos, estilos distintos. Sin embargo coincidieron en la firme defensa de la Fe en aquellos tiempos convulsos. Genta había entrevisto, desde sus albores, el proceso de la Guerra Revolucionaria del Comunismo ateo y se dedicó a educar a quienes debían enfrentar aquella agresión externa, esto es, las fuerzas armadas las que, a su juicio, debían prepararse para asumir la defensa de la fe y de la patria en una guerra justa. No escapó a la aguda visión de Genta el fundamental problema religioso que implicaba el compromiso de tantos católicos, curas y laicos, en la guerra subversiva. La subversión, decía, avanza, escudada en la cruz y en la bandera nacional. La hora del internacionalismo comunista y de la abierta persecución a la Iglesia, había pasado: ahora, el comunismo se presentaba mimetizado con un ropaje “nacional y cristiano”. Sacheri, por su parte, vio con idéntica lucidez el mismo proceso revolucionario metido en las entrañas de la Iglesia. En su obraLa Iglesia clandestina, puso al descubierto una siniestra red, universal y local, tejida por el marxismo a fin de llevar a la Iglesia a colaborar en la revolución anticristiana.
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Genta y Sacheri no escribían sólo ni principalmente como políticos, ni como sociólogos, ni siquiera como filósofos (que esta era, en definitiva, su nobilísima profesión común). Escribían como hombres de fe, como católicos combatientes, acuciados por el amor a una Iglesia a la que veían atacada desde adentro antes que desde afuera. Todo cuantopensaron, escribieron y denunciaron, aún las cuestiones más ligadas al destino temporal de la Argentina, lo hicieron sólo y exclusivamente desde la soberana perspectiva de la Fe Católica. Ahora bien: ese mismo año de 1974, Genta y Sacheri fueron asesinados por formaciones partisanas. Es decir, se cumplen, ahora, cuarenta años de sus muertes. Nuestra pregunta es simple: estas muertes ¿están también en la memoria de la Iglesia?
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No escribimos con la intención de acusar a nadie. No nos mueve siquiera el deseo, legítimo por lo demás, de reivindicar personas y hechos injustamente olvidados. De eso habrá tiempo cuando lo disponga Dios. Tampoco nos mueven “memorias históricas” ni el anhelo de una justicia demasiado humana, apenas un miserable remedo de la Justicia de Dios a la que nos encomendamos. No. Sólo nos mueve la Fe. Esa Fe peligra si hoy a las nuevas generaciones de católicos (y pensamos sobre todo en los sacerdotes) se les propone un relato eclesial sesgado y se le presentan como modelos de vida personajes que, cuanto menos, obligan a un respetuoso silencio.
Insistimos: lo más grave de Mugica no fueron ni sus opciones políticas, ni sus compromisos temporales, ni su identificación con este o aquel sector político, ni siquiera su ambigua posición frente a la lucha armada. Lo grave, lo decisivamente grave, es que contribuyó como pocos, en una Iglesia convulsa y confundida, a adulterar la Fe que recibió en su bautismo y que se comprometió a predicar el día de su ordenación. Puso al servicio de esta Fe adulterada los indiscutibles talentos que poseía, los rasgos de una personalidad fascinante que arrastraba y cautivaba auditorios  y una pasión desbordante que, finalmente, lo llevó a morir. No cuestionamos su santidad personal. ¿Con qué derecho lo haríamos? Cuestionamos el significado de su figura en el fondo trágica porque es la parábola de una gran tragedia que los hombres de mi generación hemos vivido y sigue gravando nuestras vidas.
Tal vez, después de todo, Mugica, sacerdos in aeternum, fue más víctima que victimario: la víctima de un tiempo confuso y oscuro que hoy, no sabemos por qué, algunos se empeñan en seguir llamando primavera.
Elevamos a Dios, con toda el alma, nuestra súplica por el Padre Mugica.
Buenos Aires, 13 de Mayo de 2014
Festividad de Nuestra Señora de Fátima

Dr. Mario Caponnetto

domingo, 4 de mayo de 2014

Un santo impresentable.

JUAN PABLO II



La canonización de Karol Wojtyla, quien ejerció el papado con el nombre de Juan Pablo II entre 1978 y 2005, constituye un factor de disenso y debate al interior de la Iglesia católica y fuera de ella, tanto por cuestiones de procedimiento como por razones de fondo que llevan a poner en duda no sólo la pretendida santidad, sino incluso la ética del primer pontífice polaco de la historia. (Del diario mexicano "La Jornada")

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México , 28 de abril de 2014 (La Joranada)

Editorial de LA JORNADA

Juan Pablo II: un santo impresentable

La canonización de Karol Wojtyla, quien ejerció el papado con el nombre de Juan Pablo II entre 1978 y 2005, constituye un factor de disenso y debate al interior de la Iglesia católica y fuera de ella, tanto por cuestiones de procedimiento como por razones de fondo que llevan a poner en duda no sólo la pretendida santidad, sino incluso la ética del primer pontífice polaco de la historia.

En el primero de esos aspectos, lo que salta a la mente es la insólita celeridad con que el Vaticano dio curso y consumó la santificación, poniendo la causa de Juan Pablo II por delante de procesos más fundados y consensuados. Para citar un ejemplo, baste con decir que en 2000 –hace 14 años– se propuso la beatificación de fray Bartolomé de las Casas, figura histórica cuya ética cristiana resulta más clara que la de Wojtyla, sin que hasta la fecha el obispo defensor de los indios haya sido declarado beato.
Otro hecho que resulta desconcertante es que se haya llevado a los altares a Juan Pablo II al mismo tiempo que a Juan XXIII, dos papas que, en muchos sentidos, resultan contrapuestos: Wojtyla mantuvo a la Iglesia apegada a posturas oscurantistas, regresivas e incluso de corte medieval, y gobernó con mentalidad de cruzado; Angelo Guiseppe Roncalli, Juan XXIII, en cambio, procuró reconciliar al Vaticano con la modernidad histórica, impulsó el Concilio Vaticano II, en el que la jerarquía eclesiástica se asomó, al menos, al humanismo contemporáneo, y mantuvo en todo momento un discurso de conciliación, entendimiento y apertura. Pero entre la muerte de ese pontífice y su canonización tuvieron que pasar casi 50 años –un plazo de todos modos breve, según los usos y costumbres de Roma–, en tanto que el expediente de Juan Pablo II realizó el mismo trayecto en nueve.
Más allá de estas contradicciones, es cierto que Karol Wojtyla gozó durante su pontificado de popularidad mediática, pero también fue objeto de incontables señalamientos críticos por su evidente afiliación a la causa de la llamada revolución conservadora, inicio de la implantación global del neoliberalismo, que estuvo encabezado por Augusto Pinochet, Margaret Thatcher, Ronald Reagan y el propio Juan Pablo II, unidos por su anticomunismo visceral.
Adicionalmente, el Papa polaco reprimió sin ningún escrúpulo –por conducto de quien habría de ser su sucesor, el cardenal alemán Joseph Ratzinger– las corrientes de la Teología de la Liberación, fundamentadas en el Concilio Vaticano II, que pregonaban la orientación de la Iglesia hacia los pobres y las causas de emancipación de los pueblos; ello, en un momento histórico en que América Latina padecía un ciclo de dictaduras militares que cometieron toda clase de violaciones a los derechos humanos y para las cuales Wojtyla fue, al menos, tolerante.
Un tercer factor de impugnación a Juan Pablo II fue su beligerancia dogmática contra los derechos reproductivos y sexuales: en su papado la misoginia y la homofobia de la jerarquía elcesiástica católica alcanzaron un nivel de discurso oficial y el tradicionalismo del pontífice se convirtió en sistemático sabotaje de las campañas de salud pública para contener la epidemia de VIH, sobre todo en África y en América Latina.
Pero la falta más grave del difunto Papa polaco fue la decisión de encubrir las prácticas de pederastia y las agresiones sexuales cometidas por centenares o miles de sacerdotes católicos en diversos continentes: decenas de miles de niños violados, y un número indeterminado de mujeres –religiosas, en su mayoría– reducidas a la servidumbre sexual no merecieron la compasión de Wojtyla; éste, por el contrario, buscó por todos los medios acallar los escándalos. Al menos en el caso más indignante de abusos sexuales, el del depredador Marcial Maciel, fundador y director de Legionarios de Cristo, Juan Pablo II dispuso de la información fehaciente –así lo ha admitido públicamente el que fue su portavoz, Joaquín Navarro-Vals– y decidió, sin embargo, guardar silencio.
La canonización choca frontalmente con los posicionamientos progresistas y de sensibilidad social del actual pontífice, Francisco, así como con sus abiertas invectivas contra la curia romana. Es razonable suponer, en consecuencia, que la decisión de elevar a los altares a Wojtyla al mismo tiempo que a Roncalli –con cargas simbólicas opuestas– constituye un acuerdo salomónico entre las corrientes renovadoras, encabezadas por el Papa argentino y las resistencias de una burocracia vaticana inmovilista, oscurantista y mafiosa. De ser así, Juan Pablo II habría sido elevado a las alturas no porque hubiese estado cerca de la santidad, sino como resultado de la pugna intestina y del jaloneo cada vez más abierto en el Vaticano. Pero aun así, y por las razones arriba señaladas, Wojtyla es un santo impresentable.

viernes, 2 de mayo de 2014

Cristianos crucificados en Siria.

EL PAPA: LLORÉ CUANDO VI LA NOTICIA DE LOS CRISTIANOS CRUCIFICADOS EN SIRIA
Ciudad del Vaticano - “Yo lloré cuando vi en los media la noticia de cristianos crucificados en cierto país no cristiano”. Con estas palabras el Papa Francisco, durante la homilía cotidiana celebrada hoy viernes dos de mayo en la capilla de Santa Marta, se ha referido al suplicio de la cruz sufrido en los últimos días en Raqqa por algunos prisioneros del Estado islámico de Iraq y del Levante, la facción yihadista que controla la ciudad siria.
La noticia sobre la crucifixión perpetrada por grupos yihadistas también ha sido confirmada por el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos, una organización cercana a la oposición siria, con sede en Londres.
La referencia a los cristianos crucificados ha dado modo al Papa de expresar la mirada de la fe cristiana sobre los hechos de persecución y describir el milagro de la alegría testimoniada por los mártires cristianos.
Los mártires de hoy, como los apóstoles – ha subrayado el Papa Francisco - “se sienten dichosos por haber sido juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús”. Su alegría es “la alegría de tantos hermanos y hermanas nuestros que en la historia han sentido esta alegría, esta felicidad por haber sido juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús. ¡Y hoy hay tantos! Piensen que en algunos países, sólo por llevar el Evangelio, vas a la cárcel. Tú no puedes llevar una cruz: te harán pagar la multa. Pero el corazón se siente feliz”.

Dos cristianos son crucificados en Siria por no renunciar a su fe en Jesús

Según Radio Vaticano, una monja siria informó que dos jóvenes procedentes de Maaloula fueron ejecutados el viernes 18 de abril.
| Por Nínro Ruíz Peña | 
     

Dos cristianos en Siria fueron crucificados por yihadistas luego que estos se rehusaron a abandonar su fe en Jesús.
Según Radio Vaticano, una monja siria informó que dos jóvenes procedentes de Maaloula fueron ejecutados el viernes 18 de abril.
La hermana Raghida, es del Patriarcado Greco-Católico y es doctora en Educación, ella estuvo al frente de la escuela en Damasco, la capital siria.
Hoy vive en Francia. Su madre y sus seis hermanos y hermanas están todavía en Siria, donde su vida está en peligro todos los días.
Según la hermana Raghid, los pueblos o aldeas están ocupadas por elementos armados, los yihadistas y los extremistas musulmanes que le ofrecen a los grupos cristianos la shahada ( la fe musulmana ) o la muerte. En algunos casos exigen rescate para no asesinar a sus víctimas.
“Si quieren ejemplos, en Maaloula crucificaron a dos jóvenes porque no quisieron decir la shahada. Les dijeron: “Entonces quieren morir como su amo en el que creen. Tienen una opción: recitan la shahada o serán crucificados”. Y les crucificaron. Hubo uno que fue crucificado delante de su padre. Incluso mataron a su padre. Esto ocurrió por ejemplo en Abra, en la zona industrial en las afueras de Damasco. En cuanto entraron en la ciudad, comenzaron a matar a hombres, mujeres y niños. Y después de la masacre, se llevaron las cabezas y jugaron al fútbol con ellas. En cuanto a las mujeres, les sacaron a sus bebés y los ataron a los árboles con sus cordones umbilicales. Afortunadamente, la esperanza y la vida es más fuerte que la muerte”.
Antes de que se iniciara la guerra civil en Siria, había una convivencia entre cristianos y musulmanes, pero debido a la crisis que sufre el país, dos tercios de los cristianos ya han abandonado el país, por lo que son pocos los que quedan.

miércoles, 30 de abril de 2014

JUAN PABLO II, CUANDO LOS SANTOS VIENEN MARCHANDO.

EL SANTO



(AW) Poco antes de ser asesinado por paramilitares, el Obispo de San Salvafor Arnulfo Romero pidió una entrevista a Juan Pablo II, la escritora María López Vigil fue testigo y así lo cuenta.
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 Diálogo entre Monseñor Romero y Juan Pablo II
Por María López Vigil*
- Compréndame, yo necesito tener una audiencia con el Santo Padre...
- Comprenda usted que tendrá que esperar su turno, como todo el mundo.
Otra puerta vaticana se le cierra en las narices.
Desde San Salvador y con el tiempo necesario para salvar los obstáculos de las burocracias eclesiásticas, Monseñor Romero había solicitado una audiencia personal con el Papa Juan Pablo II. Y viajó a Roma con la tranquilidad de que al llegar todo estaría arreglado.
Ahora, todas sus precauciones parecen desvanecidas como humo. Los curiales le dicen no saber nada de aquella solicitud. Y él va suplicando esa audiencia por despachos y oficinas. - No puede ser -le dice a otro-, yo escribí hace tiempo y aquí tiene que estar mi carta...
- ¡El correo italiano es un desastre!
- Pero mi carta la mandé en mano con...
Otra puerta cerrada. Y al día siguiente otra más. Los curiales no quieren que se entreviste con el Papa. Y el tiempo en Roma, a donde ha ido invitado por unas monjas que celebran la beatificación de su fundador, se le acaba.
No puede regresar a San Salvador sin haber visto al Papa, sin haberle contado de todo lo que está ocurriendo allá.
- Seguiré mendigando esa audiencia -se alienta Monseñor Romero.
Es domingo. Después de misa, el Papa baja al gran salón de capacidad superlativa donde le esperan multitudes en la tradicional audiencia general. Monseñor Romero ha madrugado para lograr ponerse en primera fila. Y cuando el Papa pasa saludando, le agarra la mano y no se la suelta.
- Santo Padre -le reclama con la autoridad de los mendigos-, soy el Arzobispo de San Salvador y le suplico que me conceda una audiencia.
El Papa asiente. Por fin lo ha conseguido: al día siguiente será.
Es la primera vez que el Arzobispo de San Salvador se va a encontrar con el Papa Karol Wojtyla, que hace apenas medio año es Sumo Pontífice. Le trae, cuidadosamente seleccionados, informes de todo lo que está pasando en El Salvador para que el Papa se entere. Y como pasan tantas cosas, los informes abultan.
Monseñor Romero los trae guardados en una caja y se los muestra ansioso al Papa no más iniciar la entrevista.
- Santo Padre, ahí podrá usted leer cómo toda la campaña de calumnias contra la Iglesia y contra un servidor se organiza desde la misma casa presidencial.
No toca un papel el Papa. Ni roza el cartapacio. Tampoco pregunta nada. Sólo se queja.
- ¡Ya les he dicho que no vengan cargados con tantos papeles! Aquí no tenemos tiempo para estar leyendo tanta cosa.
Monseñor Romero se estremece, pero trata de encajar el golpe. Y lo encaja: debe haber un malentendido.
En un sobre aparte, le ha llevado también al Papa una foto de Octavio Ortiz, el sacerdote al que la guardia mató hace unos meses junto a cuatro jóvenes. La foto es un encuadre en primer plano de la cara de Octavio muerto. En el rostro aplastado por la tanqueta se desdibujan los rasgos indios y la sangre los emborrona aún más. Se aprecia bien un corte hecho con machete en el cuello.
- Yo lo conocía muy bien a Octavio, Santo Padre, y era un sacerdote cabal. Yo lo ordené y sabía de todos los trabajos en que andaba. El día aquel estaba dando un curso de evangelio a los muchachos del barrio...
Le cuenta todo al detalle. Su versión de arzobispo y la versión que esparció el gobierno.
- Mire cómo le apacharon su cara, Santo Padre.
El Papa mira fijamente la foto y no pregunta más. Mira después los empañados ojos del arzobispo Romero y mueve la mano hacia atrás, como queriéndole quitar dramatismo a la sangre relatada.
- Tan cruelmente que nos lo mataron y diciendo que era un guerrillero... -hace memoria el arzobispo.
- ¿Y acaso no lo era? -contesta frío el Pontífice.
Monseñor Romero guarda la foto de la que tanta compasión esperaba. Algo le tiembla la mano: debe haber un malentendido.
Sigue la audiencia. Sentados uno frente al otro, el Papa le da vueltas a una sola idea.
- Usted, señor arzobispo, debe de esforzarse por lograr una mejor relación con el gobierno de su país.
Monseñor Romero lo escucha y su mente vuela hacia El Salvador recordando lo que el gobierno de su país le hace al pueblo de su país. La voz del Papa lo regresa a la realidad.
- Una armonía entre usted y el gobierno salvadoreño es lo más cristiano en estos momentos de crisis.
Sigue escuchando Monseñor. Son argumentos con los que ya ha sido asaeteado en otras ocasiones por otras autoridades de la Iglesia.
- Si usted supera sus diferencias con el gobierno trabajará cristianamente por la paz.
Tanto insiste el Papa que el arzobispo decide dejar de escuchar y pide que lo escuchen. Habla tímido, pero convencido:
- Pero, Santo Padre, Cristo en el evangelio nos dijo que él no había venido a traer la paz sino la espada.
El Papa clava aceradamente sus ojos en los de Romero:
- ¡No exagere, señor arzobispo!
Y se acaban los argumentos y también la audiencia.
Todo esto me lo contó Monseñor Romero casi llorando el día 11 de mayo de 1979, en Madrid, cuando regresaba apresuradamente a su país, consternado por las noticias sobre una matanza en la Catedral de San Salvador.
* Testimonio de María López Vigil, autora del libro PIEZAS PARA UN RETRATO, UCA Editores, San Salvador, 1993. Radialistas Apasionados.

martes, 29 de abril de 2014

JUAN XXIII y JUAN PABLO II ya están en los libros de los Santos.

internacional



Medio millón de personas han asistido a la Plaza de San Pedro a la ceremonia de canonización de los ''dos Papas Santos'': Juan XXIII y Juan Pablo II, a las que hay que sumar las trescientas mil que han visto la ceremonia en las pantallas gigantes distribuidas en la ciudad de Roma. Ya desde las cinco de la mañana, hora de la apertura, la Plaza y sus alrededores estaban repletas de peregrinos procedentes de todo el mundo, si bien los procedentes de Polonia representaban uno de los grupos más numerosos. A ellos se han sumado las delegaciones oficiales de más de 100 países, más de veinte Jefes de Estado y numerosas personalidades del mundo de la política y la cultura. Estaban presentes, entre otros, los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, el rey Alberto II y la reina Paola de Bélgica, el Príncipe Hans -Adam II de Lichtenstein, el Gran Duque Henry de Luxemburgo, el ex presidente de la República de Polonia, Lech Walesa, el Presidente del Parlamento Argentino Julíán Dominguez y los Presidentes de la Unión Europea Hernan Van Rompuy y de la Comisión Europea, José Manuel Barroso. Las dos protagonistas de los milagros de Juan Pablo II, Sor Adele Labianca y Floribeth Mora Díaz, también han tomado parte en la celebración.

Los tapices con los retratos de los dos Papas presidian la portada de la basílica mientras en la Plaza, adornada con más de 30.000 rosas procedentes de Ecuador, y en la Vía de la Conciliación cientos de miles de fieles se preparaban para la celebración rezando la corona del rosario de la Divina Misericordia, intercalada con textos del magisterio de ambos pontífices y precedida por el Himno al beato Juan XXIII ''Pastor bueno de la grey de Cristo''. El rezo ha finalizado con el Himno al beato Juan Pablo II ''Abrid las puertas a Cristo''.

Bajo una lluvia intermitente y mientras se rezaban las letanías invocando la protección de los santos ha comenzado la procesión de los cardenales y obispos concelebrantes que antes de ocupar sus puestos han saludado al Papa emérito Benedicto XVI , el cual ha concelebrado también con el Santo Padre. Pocos minutos después de las diez, el Papa Francisco ha efectuado su ingreso en la Plaza y antes de proceder al rito de la proclamación de los nuevos santos, se ha dirigido al Papa emérito para abrazarlo.

Instantes después el cardenal Angelo Amato, S.D.B., Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, acompañado de los postuladores ha solicitado al Papa Francisco que inscribiera el nombre de los dos Papas beatos en el Catálogo de los Santos y el Santo Padre ha pronunciado la fórmula de canonización : ''En honor a la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocando muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santos a los Beatos Juan XXIII y Juan Pablo II y los inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sean devotamente honrados entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo Y del Espíritu Santo Amén''.

A continuación han sido presentados al Papa los relicarios de los nuevos santos, que han permanecido expuestos en el altar durante la celebración: el de Juan Pablo II, contiene una ampolla con su sangre y es el mismo mostrado el 1 de mayo de 2011 mientras para Juan XXIII se ha fabricado uno gemelo ya que durante su beatificación, el 3 de septiembre del año 2000, su cuerpo todavía no había sido exhumado.

Después de la proclamación del Evangelio, el Santo Padre ha pronunciado una homilía en la que definió a San Juan XXIII como ''el Papa de la docilidad al Espíritu Santo'' y a San Juan Pablo II como ''el Papa de la Familia'' , habiendo recordado antes que ''en el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado''.

''Él -ha dicho- ya las enseñó la primera vez que se apareció a los apóstoles la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: ''Señor mío y Dios mío''.

''Las llagas de Jesús son un escándalo para la fe, pero son también la comprobación de la fe. Por eso, en el cuerpo de Cristo resucitado las llagas no desaparecen, permanecen, porque aquellas llagas son el signo permanente del amor de Dios por nosotros, y son indispensables para creer en Dios. No para creer que Dios existe, sino para creer que Dios es amor, misericordia, fidelidad. San Pedro, citando a Isaías, escribe a los cristianos: ''Sus heridas nos han curado''.

''San Juan XXIII y San Juan Pablo II -ha exclamado- tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado. No se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano, porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresia del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia.

''Fueron sacerdotes, obispos y papas del siglo XX. Conocieron sus tragedias, pero no se abrumaron. En ellos, Dios fue más fuerte; fue más fuerte la fe en Jesucristo Redentor del hombre y Señor de la historia; en ellos fue más fuerte la misericordia de Dios que se manifiesta en estas cinco llagas; más fuerte la cercanía materna de María''.

''En estos dos hombres contemplativos de las llagas de Cristo y testigos de su misericordia había ''una esperanza viva'', junto a un ''gozo inefable y radiante''. La esperanza y el gozo que Cristo resucitado da a sus discípulos, y de los que nada ni nadie les podrá privar. La esperanza y el gozo pascual, purificados en el crisol de la humillación, del vaciamiento, de la cercanía a los pecadores hasta el extremo, hasta la náusea a causa de la amargura de aquel cáliz. Ésta es la esperanza y el gozo que los dos papas santos recibieron como un don del Señor resucitado, y que a su vez dieron abundantemente al Pueblo de Dios, recibiendo de él un reconocimiento eterno''.

''Esta esperanza y esta alegría se respiraba en la primera comunidad de los creyentes, en Jerusalén, como se nos narra en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la segunda lectura. Es una comunidad en la que se vive la esencia del Evangelio, esto es, el amor, la misericordia, con simplicidad y fraternidad.

''Y ésta es la imagen de la Iglesia que el Concilio Vaticano II tuvo ante sí. Juan XXIII y Juan Pablo II colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisionomía originaria, la fisionomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos. No olvidemos que son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia. En la convocatoria del Concilio, San Juan XXIII demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado por el Espíritu Santo. Éste fue su gran servicio a la Iglesia; por eso a mí me gusta recordarlo como el Papa de la docilidad al Espíritu''

''En este servicio al Pueblo de Dios, Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el Papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene''.

''Que estos dos nuevos santos pastores del Pueblo de Dios -ha concluido-intercedan por la Iglesia, para que, durante estos dos años de camino sinodal, sea dócil al Espíritu Santo en el servicio pastoral a la familia. Que ambos nos enseñen a no escandalizarnos de las llagas de Cristo, a adentrarnos en el misterio de la misericordia divina que siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama''.

La basílica de San Pedro permanecerá abierta hoy desde las 14 hasta las 22 horas para que los peregrinos puedan venerar los cuerpos de los dos Papas canonizados en cuyas urnas de cristal ya se ha añadido la palabra santo.

Al finalizar la Misa por la canonización de los beatos Pontífices Juan XXIII y Juan Pablo II y antes de rezar el Regina Caeli, el Santo Padre ha saludado a los fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro y en las calles circundantes. Francisco ha agradecido la presencia de los cardenales, obispos, sacerdotes, las delegaciones oficiales de los diferentes países, y las autoridades italianas, ''que han venido a rendir homenaje -ha dicho- a los dos pontífices que han contribuido de forma indeleble a la causa del desarrollo de los pueblos y de la paz''.

El Papa ha saludado con ''afecto'' a los peregrinos provenientes de las diócesis de Bérgamo y Cracovia y les ha animado a honrar la memoria de los dos nuevos santos continuando con sus enseñanzas. Asimismo ha dado las gracias a la diócesis de Roma, al cardenal Agostino Vallini, al ayuntamiento de la ciudad, al alcalde Ignazio Marino y a las fuerzas del orden, las diferentes organizaciones, asociaciones y voluntarios, ''que con gran generosidad han preparado estos memorables días''. También ha agradecido la labor de los medios de comunicación que ''han hecho posible que muchas personas pudieran participar'', y no se ha olvidado de los ancianos y los enfermos, recordando que los dos nuevos santos estaban muy cerca de ellos.

Al finalizar, Francisco ha rezado a la Virgen María ''a la que san Juan XXIII y san Juan Pablo II amaron como verdaderos hijos''.

Después de acoger a las delegaciones oficiales, el Papa Francisco, por primera vez en una ceremonia de canonización o beatificación, ha dado la vuelta a la Plaza de San Pedro y ha recorrido la Vía de la Conciliación en papamóvil para bendecir y saludar a los peregrinos que han participado en este acontecimiento histórico.

martes, 22 de abril de 2014

Antonio Ruiz Díaz, el relativismo y los vapores de Satán.

(Nota en redacción)

Muchas veces, los católicos observan azorados como la Iglesia se desfleca lentamente a la vista de todos.
Durante décadas, la feligresía ha emigrado hacia otras confesiones o hacia la nada ante la mira atónita de sus referentes.
Bien dicho esta que "El pescado empieza a pudrirse por la cabeza".
Este proceso de corrupción tiene un origen claramente espiritual, con bases conceptuales e intelectuales.
Primero se pudrió la forma de pensar e interpretar, lo demás vino solo.
La destrucción de la Iglesia comenzo por la contaminación conceptual, montada en el relativismo y el hedonismo.
Esto construyó un tipo humano cínico, falluto, y sicópata.Tipicamente hipócrita, que es lo que mas nos critica la gente.
Sin relativismo, el hedonismo se complica, pero para ayudar recurrimos a la hipocresía y ya está.
Lo mas parecido al fariseismo.
Veamos.
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El sujeto coloca un objeto en medio de una mesa, alrededor de la cual una veintena de personas estan sentadas.
Pregunta:¡Que ven?
Alternativamente, los participantes dicen lo que ven.
Luego, el coordinador que no coordina, le entrega el objto en la mano a un participante indicandole que lo haga circular y les pregunta; ¿Y ahora que ven?
Los participantes descubren azorados hasta una pequeña imagen oculta dentro de la piedra en una cavidad.
El coordinador que no coordina, entonces en lo que seguramente cree un proceso genial, concluye ante todos que los puntos de vista son parciales y nadie puede tener una visión correcta de las cosas.Todo depende desde donde se lo mire....
Este disparate conceptual, ejemplo liminar de relativismo descarnado, es un sofisma vergonzoso, ideal para idiotizar gente.
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El coordinador que no cooordina, en una ensalada absurda, mezcla dos planos, el subjetivo y el objetivo.Con eso se toma la licencia de afirmar disparates como verdad revelada.Pero lo mas grave es que inculca el falso concepto de que cualquier punto de vista es válido.
Y ahí está el peligro.
Si cualquier punto de vista es valido porque suponemos a las personas idiotas incapaces de discernir, adaptemonos a la idea de escuchar y ver cualquier cosa, inermes ante la realidad interpretada según cada quien.
¿No es interesante?
Digo:Si yo fuera agnóstico sería el hombre mas feliz del mundo, porque tengo la argumentación perfecta dada por la Iglesia Católica.
Corro entonces a la biblioteca, y despueés de recorrer mas de 850 páginas del Catecismo, no encuentro expresados estos disparates.
Uno que tiene una formación seria lo supone, pero como no soy idiota uso lo que Dios me dió y busco.
La apreciación subjetiva, es decir la impresión inicial que tenemos de lo que nos aportan nuestros sentidos, pueden ser complementados y de hecho ocurre constantemente, por la apreciación objetiva.
Aunque le incomode al agnóstico Antonio Ruiz Díaz, las personas, podemos discernir.
Y esto es así porque el Creador nos doto de inteligencia, razón y hasta curiosidad.
Claro, esto le complica la historia al relativista en cuestión, porque junto con esto viene LA RESPONSABILIDAD, Y HASTA LA CULPA.
Mas interesante aún.
El tipejo encontro el santo grial de los chantas.
A partir de la conclusión boba que saca, YA NO HAY CULPA PORQUE SOMOS TODOS TARADOS E HIJOS DE LOS SENTIDOS!!!
¿Que quedará para un ciego o un sordo?
Pero en el mismo método sofistico del relativista está la prueba de la mentira.
Cuando la gente abandona el plano subjetivo y objetiviza la obsevación descubre sin problemas la realidad objetiva.
Luego, el analisis original es incorrecto.
Desde el Edén, que venimos buscando escusas para transgredir.
Tenemos herramientas que nos permiten acercarnos a la verdad con el raciocinio.
El relativismo, nos lleva a justificar todo, y está bueno para el hedonismo, nos produce placer bobo, pero no nos hace felices.
Estar contento no es estar feliz.
A partir de este relativismo, podemos "justificar" el aborto, el robo, o cualquier iniquidad ampardos en el "punto de vista".
¿No es el paraíso de los chantas?
Este mix de relativismo y hedonismo, lo acompañamos de hipocresía y tenemos la cajita feliz de los fariseos actuales.
El perdón!
Ah el perdón!!!
¿Que hariamos sin el?
El Perdón en el sentido profundo como proceso de transformación interna y no el perdón como permiso para hacer cualquier cosa, porque tenemos el perdón asegurado.
Pero ocurre que en la subcultura seudocatólica de la guitarra y la pandereta, reducimos todo a un enunciado.
Es decir, decimos.
No importa lo que pasa por dentro, sino lo que decimos, por aquello del punto de vista.
ES MUY IMPORTANTE LO QUE SE VE!!!
Lo que no se ve, es decir lo verdaderamente importante, bueno....no se ve.
Y ya sabemos como "entiende" Antonio Ruiz Diaz la Doctrina.Un vistazo y ya...Total, somos idiotas y no discernimos.Como que tenemos licencia para ser imbéciles.
Lo que también nos lleva a ciertas conclusiones teoilogicas, muy interesantes.
Si todo es relativo, nada es absoluto.
Luego Dios no existe.
Conclusión mas que sorprendente emitida en nombre de Dios.
Si un niño vive en un garage, eso no lo convierte en un automóvil.
El que Antonio Ruiz Diaz viva dentro de una iglesia, no lo convierte en católico.

"Malos tiempos, aquellos en los que hay que explicar lo evidente".
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Hasta acá llego hoy.
Este tema me aburre.
Lo seguiré mas adelante, porque esta nota sigue.
Son bienvenidas las opiniones.